La capital charra es una de las ciudades más monumentales de España. Y eso está muy bien para pasar el día, ¿pero qué pasa con la noche? Pues que en cuanto cae el sol Salamanca se convierte en una continuada fiesta, animada por los miles de universitarios que estudian en el claustro más antiguo de la Península.
Vayamos por partes. En tu visita a esta bella ciudad debes ir provisto de un calzado cómodo porque todo lo tienes a mano, o por mejor decir a pie, en un casco histórico sembrado de rincones inigualables y edificios históricos irrepetibles. Olvida las prisas y engánchate a esta monumentalidad, cuya visita bien puede comenzar por la Plaza Mayor, un claro ejemplo del barroco que se terminó de construir en abril de 1755; verás que está llena de cafeterías, terrazas y bares, así es que siempre podrás volver a ella para darte un homenaje y seguir el paseo, aunque por bares no hay que preocuparse, como luego podrás ver.
En la relación de monumentos que no te puedes perder están la Catedral y la histórica Universidad, la más antigua de España, en esa donde Fray Luis de León pronunció su famosa frase “decíamos ayer” cuando regresó al aula donde impartía clases tras pasar unos años encarcelado por la Inquisición. No te cortes y entra porque si no lo haces te arrepentirás toda la vida.
Juega, como hace la mayoría de los visitantes, a localizar la figura de la rana en la fachada universitaria, y, si estás de suerte, trepa hasta las terrazas exteriores del edificio catedralicio para caminar entre gárgolas, campanas y pináculos. Llegado aquí pregunta por el Patio Chico, uno de los rincones más bellos y menos conocidos de la ciudad monumental.
En este paseo cultural obligado tienes que pasar por la famosa Casa de las Conchas y, ya que estamos, justo enfrente, por la Universidad Pontificia y la Iglesia de la Clerecía desde cuyas torres se alcanza una vista preciosa del casco histórico.
Para que aprecies el contraste de la monumentalidad salmantina, más bien su mucha historia, te propongo que des en pocos minutos los saltos que te llevarán de la época romana, al periodo musulmán y terminar en los años finales del XIX. O lo que es lo mismo, date un paseo por el Puente Romano, traspasa los límites del Huerto árabe de Calixto y Melibea y visita la Casa de Lis y sus magníficas vidrieras.
Ya te he dicho que por bares no quede, pero tampoco por iglesias y conventos, que una cosa no quita la otra. Lo mejor es perderte por las calles del centro para que descubras ese rico patrimonio, que lo es de la Humanidad desde el año 1988, y aunque no lo quieras te darás de bruces con los conventos de San Esteban y de las Dueñas, donde es pecado marcharse sin probar los dulces que elaboran las monjas.
Hay muchas formas de visitar Salamanca, porque hay rutas para todos los gustos, culturales, monumentales, literarias (no olvidemos que Unamuno fue rector de la Universidad Salmantina) y, claro está, gastronómicas, de tapas y, por supuesto, de copas. Porque la marcha nocturna salmantina es proverbial, sinónimo fino de famosa. Y vaya que se tiene bien ganada esa fama, que decir ciudad universitaria es decir cultura tanto como decir juerga y diversión.
Y antes de meternos en estas harinas de diversión joven y marchosa, una última recomendación: date una vuelta por La Cueva de Salamanca, donde las malas lenguas dicen que el diablo se dedicaba a impartir clases de brujería (asignatura en la que más de uno hoy sacaría sobresaliente cum laude), y el Patio de la Salina, un antiguo e interesante depósito de sal, dos lugares especiales para tener una visión diferente de la monumentalidad salmantina.